UN NUEVO PENTECOSTÉS

Hay que prepararse para ver el poder del Espíritu Santo. Los apóstoles se prepararon durante tres años caminando con Jesús, escuchando su palabra, comiendo con él, viendo sus milagros; más aún, debieron pasar por la prueba de la muerte de Jesús, el temor de la persecución por su nombre y el asombro de la resurrección. Sin embargo no era todo. Tenían que permanecer reunidos como signo del amor y en compañía de María. Solo allí recibieron el Espíritu prometido.

Prepararse significa caminar con Jesús. Haber escuchado su llamado y seguirlo, pero no es suficiente con seguirlo pues Judas quien lo entregó también lo seguía. Hay que permitir que su palabra caiga en la tierra fecunda de nuestro corazón y cuidar de esta semilla. En ocasiones habrá que subir a la montaña del tabor y tal vez podamos ver a Jesús transfigurado, pero tal vez solo haya que subir el Gólgota y verlo crucificado.

En todo este camino será necesario siempre estar con María. Ella estuvo en el momento terrible de la cruz, y su fe instruyó y acompañó a los apóstoles en el momento del temor, de la soledad. Fue en el cenáculo en el que se vivió la última cena y allí, reunidos en oración y en compañía de la Virgen, recibieron el Espíritu Santo. Solo después de recibirlo el temor de disipó, pues el Espíritu con sus dones impulsa el caminar firme de la iglesia.

Cada uno de nosotros puede y necesita vivir un nuevo pentecostés para dejar a un lado el temor y anunciar sin vacilaciones la experiencia del amor de Jesús. Para recibirlo, pues, debemos seguir el camino de los apóstoles y prepararnos. Se trata entonces de estar con Jesús, reunidos en oración en torno a los sacramentos y la Iglesia, y de la mano de la Virgen. Si vivimos estas condiciones podemos tener la certeza de que tendremos un nuevo Pentecostés.

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